domingo, 9 de agosto de 2020

SEMANAS 5 Y 6: 10 AL 21 DE AGOSTO DE 2020

SEMANAS 5 Y 6:  10 AL 21 DE AGOSTO DE 2020 


EL HOMBRE COMO PROBLEMA


 Antropología Digital: surge el Homo Digitalis – IT Connect Latam
Cuando nada nos llama la atención, cuando nada nos importa, cuando nada nos interesa, sentimos el aburrimiento y hasta el sinsentido de la vida. Este es el caso de Alejandra, una joven de décimo grado que aun teniéndolo todo: un hogar, unos amigos, unas posibilidades económicas, no se siente contenta de sí misma y por tanto no es feliz. En muchas ocasiones no aceptamos la realidad: nuestra estatura, nuestro rostro, nuestro color y ello nos conduce a perder la posibilidad de aprovechar el regalo de la vida y de la felicidad.

Tomado de: Santillana Filosofía Grado Décimo

1.      Según tu opinión responde:

a.       ¿Qué le ofrece la vida, el mundo y la realidad al hombre?
b.      ¿Qué te has preguntado sobre el sentido de tu vida?
c.       ¿La respuesta por el sentido de la vida es fácil o problemática? ¿Por qué?

2.      Busca la definición de los siguientes términos:
a.       Quimera:
b.      Somatología:
c.       Paleontología:
d.      Etnología:
e.       Hileformismo:
f.       Acto:
g.       Potencia:




ANTROPOLOGÍA COMO FILOSOFÍA PRIMERA

Ernst Tugendhat. Universidad Libre de Berlín.

     En esta conferencia quiero profundizar una tesis que he mantenido en un ensayo que publiqué hace algunos años: que la antropología no es simplemente una disciplina filosófica entre otras, sino que se la debería entender como la filosofía primera, es decir, que la pregunta ¿qué somos como seres humanos? es aquella pregunta en que tienen su base todas las otras preguntas y disciplinas filosóficas.

     Esta tesis nos enfrenta a varias preguntas. Primero, ¿qué es la filosofía?; segundo, ¿es necesario que las diferentes disciplinas filosóficas requieran alguna unidad entre ellas y una disciplina o pregunta fundamental?; tercero, en caso de que así fuera, ¿por qué ha de ser la antropología?; cuarto, y esto será lo más importante, ¿cómo debemos entender la disciplina de la antropología filosófica en sí?, ¿tiene ella a su vez una pregunta básica?, ¿y cuál debe ser su método?, ¿de qué manera se distingue de la antropología empírica, es decir, de lo que los anglosajones llaman cultural anthropology? Otra pregunta que me parece fundamental para un entendimiento de la antropología es su relación con la historia y sus disciplinas históricas. Pues al igual que la metafísica, la pregunta ¿qué es el ser humano? parecería implicar una orientación ahistórica. Así que nos tendremos que preguntar en qué sentido contradice la antropología a una orientación histórica y en qué otro sentido se podría decir que ella conduce a un cierto tipo de orientación histórica.
Comienzo con la pregunta sobre si las diferentes disciplinas filosóficas tienen alguna base en común o por lo menos alguna interconexión. En otros tiempos se pensaba que la metafísica tuviera esta función de una disciplina de base. Hoy, y desde hace ya bastante tiempo, se habla del fin de la metafísica. Pero no es tan obvio qué es lo que se entiende bajo este título, ¿se trata de la pregunta por el ser, de ontología, o de los entes suprasensibles y en particular de Dios, de teología? El mismo Aristóteles vacilaba entre estas dos maneras de entender lo que él llamó filosofía primera. Pero cualquiera sea el énfasis en lo que se entiende bajo metafísica, no parece obvio de qué manera ésta podría servir de base para las disciplinas filosóficas. El mismo Aristóteles no pretendía que así fuera. Muy al contrario, hizo una distinción tajante entre filosofía teórica y práctica, una distinción que se encuentra también en Kant, si bien de otra manera, y que es usual aún hoy: la distinción entre la pregunta por lo que es y la pregunta por lo que debe ser.

Ahora bien, tanto el ser como el deber ser son algo que parece remitir a nuestro entendimiento, y cuando nos preguntamos qué entendemos aquí por nuestro, parece estar presupuesto el entendimiento de nosotros como seres humanos. Podría parecer entonces que el entendimiento es lo que está en la base tanto de la filosofía teórica como de la filosofía práctica, y también de la ontología (pues el ser es algo que encontramos solamente en nuestro entendimiento) y, si se ve a la teología desde el ángulo de una necesidad humana, también ella remite al ser y entender humanos. Así, el recurso al entendimiento humano se ofrece como el punto de partida natural tanto de la distinción entre lo práctico y lo teórico, como también de las diferentes concepciones de metafísica, y lo mismo parece obvio en disciplinas como lógica, ética, teoría de la acción, etc. Parece hasta difícil tener que imaginarse una disciplina filosófica que no remita al entendimiento humano.

Hay un famoso pasaje en la Lógica de Kant donde sostiene que las tres preguntas que él cree que son las fundamentales de la filosofía ¿qué puedo conocer? (epistemología), ¿qué debo hacer? (ética) y ¿qué puedo esperar? (religión), remiten todas a la pregunta ¿qué es el hombre? (en la edición de la Academia Prusiana IX, 25). En este pasaje, Kant concibió por primera vez la idea de la antropología como filosofía primera. Es más, este pasaje ya contiene una indicación importante sobre el método de la antropología. Debemos fijarnos en el hecho de que las tres preguntas que según Kant nos llevan a la pregunta ¿qué es el hombre? están formuladas en primera persona, mientras que esta pregunta ¿qué es el hombre? está en una formulación objetiva. ¿Qué significa esta tensión entre formulación en primera y en tercera persona? Creo que Kant estaría igualmente de acuerdo si formulásemos las tres preguntas en la primera persona plural: ¿qué es lo que podemos saber?, etc. Si combinamos las dos formulaciones, resulta para la pregunta final la formulación ¿qué somos como seres humanos?. Obviamente Kant entiende las preguntas de las cuales está partiendo (¿qué debemos hacer?, etc.) de tal manera que no implican ¿qué debemos hacer por encontrarnos en tal o tal tradición, por ejemplo, en la del cristianismo?. Por un lado, Kant habla en primera persona, por el otro entiende sus preguntas por el lado más amplio posible, en el de la humanidad. Kant no entendió la antropología simplemente como una disciplina formal que estuviera por encima de las diferentes tradiciones culturales (como lo hizo la antropología filosófica en el siglo XX), sino que habla como representante de la Ilustración: debemos, parece decir, tomar nuestras medidas sobre cómo pensar y qué hacer, no de la historia, no de las tradiciones, sino del hecho de que somos seres humanos. Sobre este aspecto de cómo entender la antropología en contraste con las disciplinas históricas volveré más adelante.
[…]

Ernest Tugendhat

Antropología como filosofía primera [apartado] 


viernes, 31 de julio de 2020

SEMANAS 3 y 4: 27 DE JULIO AL 06 DE AGOSTO

SEMANAS 3 y 4: 21 AL 31 DE JULIO

DE LA CONDICIÓN NATURAL DE LA HUMANIDAD EN LO CONCERNIENTE
A SU FELICIDAD Y SU MISERIA

Leviatán - Seres Mitológicos y Fantásticos

L
a Naturaleza ha hecho a los hombres tan iguales en las facultades del cuerpo y del espíritu que, si bien un hombre es, a veces, evidentemente, más fuerte de cuerpo o más sagaz de entendimiento que otro, cuando se considera en conjunto, la diferencia entre hombre y hombre no es tan importante que uno pueda reclamar, a base de ella, para sí mismo, un beneficio cualquiera al que otro no pueda aspirar como él. En efecto, por lo que respecta a la fuerza corporal, el más débil tiene bastante fuerza para matar al más fuerte, ya sea mediante secretas maquinaciones o confederándose con otro que se halle en el mismo peligro que él se encuentra.

En cuanto a las facultades mentales (si se prescinde de las artes fundadas sobre las palabras, y, en particular, de la destreza en actuar según reglas generales e infalibles, lo que se llama ciencia, arte que pocos tienen, y aun éstos en muy pocas cosas, ya que no se trata de una facultad innata, o nacida con nosotros, ni alcanzada, como la prudencia, mientras perseguimos algo distinto) yo encuentro aún una igualdad más grande, entre los hombres, que en lo referente a la fuerza. Porque la prudencia no es sino experiencia; cosa que todos los hombres alcanzan por igual, en tiempos iguales, y en aquellas cosas a las cuales se consagran por igual. Lo que acaso puede hacer increíble tal igualdad, no es sino un vano concepto de la propia sabiduría, que la mayor parte de los hombres piensan poseer en más alto grado que el común de las gentes, es decir, que todos los hombres con excepción de ellos mismos y de unos pocos más a quienes reconocen su valía, ya sea por la fama de que gozan o por la coincidencia con ellos mismos. Tal es, en efecto, la naturaleza de los hombres que si bien reconocen que otros son más sagaces, más elocuentes o más cultos, difícilmente llegan a creer que haya muchos tan sabios como ellos mismos, ya que cada uno ve su propio talento a la mano, y el de los demás hombres a distancia. Pero esto es lo que mejor prueba que los hombres son en este punto más bien iguales que desiguales. No hay, en efecto y de ordinario, un signo más claro de distribución igual de una cosa, que el hecho de que cada hombre esté satisfecho con la porción que le corresponde.

De la igualdad procede la desconfianza. De esta igualdad en cuanto a la capacidad se deriva la igualdad de esperanza respecto a la consecución de nuestros fines. Esta es la causa de que si dos hombres desean la misma cosa, y en modo alguno pueden disfrutarla ambos, se vuelven enemigos, y en el camino que conduce al fin (que es, principalmente, su propia conservación, y a veces su delectación tan sólo) tratan de aniquilarse o sojuzgarse uno a otro. De aquí́ que un agresor no teme otra cosa que el poder singular de otro hombre; si alguien planta, siembra, construye o posee un lugar conveniente, cabe probablemente esperar que vengan otros, con sus fuerzas unidas, para desposeerle y privarle, no sólo del fruto de su trabajo, sino también de su vida o de su libertad. Y el invasor, a su vez, se encuentra en el mismo peligro con respecto a otros.

De la desconfianza, la guerra. Dada esta situación de desconfianza mutua, ningún procedimiento tan razonable existe para que un hombre se proteja a sí mismo, como la anticipación, es decir, el dominar por medio de la fuerza o por la astucia a todos los hombres que pueda, durante el tiempo preciso, hasta que ningún otro poder sea capaz de amenazarle. Esto no es otra cosa sino lo que requiere su propia conservación, y es generalmente permitido. Como algunos se complacen en contemplar su propio poder en los actos de conquista, prosiguiéndolos más allá de lo que su seguridad requiere, otros, que en diferentes circunstancias serian felices manteniéndose dentro de límites modestos, si no aumentan su fuerza por medio de la invasión, no podrán subsistir, durante mucho tiempo, si se sitúan solamente en plan defensivo. Por consiguiente siendo necesario, para la conservación de un hombre aumentar su dominio sobre los semejantes, se le debe permitir también.

Además, los hombres no experimentan placer ninguno (sino, por el contrario, un gran desagrado) reuniéndose, cuando no existe un poder capaz de imponerse a todos ellos. En efecto, cada hombre considera que su compañero debe valorarlo del mismo modo que él se valora a sí mismo. Y en presencia de todos los signos de desprecio o subestimación, procura naturalmente, en la medida en que puede atreverse a ello (lo que entre quienes no reconocen ningún poder común que los sujete, es suficiente para hacer que se destruyan uno a otro), arrancar una mayor estimación de sus contendientes, infligiéndoles algún daño, y de los demás por el ejemplo.

Así́ hallamos en la naturaleza del hombre tres causas principales de discordia. Primera, la competencia; segunda, la desconfianza; tercera, la gloria.

La primera causa impulsa a los hombres a atacarse para lograr un beneficio; la segunda, para lograr seguridad; la tercera, para ganar reputación. La primera hace uso de la violencia para convertirse en dueña de las personas, mujeres, niños y ganados de otros hombres; la segunda, para defenderlos; la tercera, recurre a la fuerza por motivos insignificantes, como una palabra, una sonrisa, una opinión distinta, como cualquier otro signo de subestimación, ya sea directamente en sus personas o de modo indirecto en su descendencia, en sus amigos, en su nación, en su profesión o en su apellido.

Fuera del estado civil hay siempre guerra de cada uno contra todos. Con todo ello es manifiesto que durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que los atemorice a todos, se hallan en la condición o estado que se denomina guerra; una guerra tal que es la de todos contra todos. Porque la GUERRA no consiste solamente en batallar, en el acto de luchar, sino que se da durante el lapso de tiempo en que la voluntad de luchar se manifiesta de modo suficiente. Por ello la noción del tiempo debe ser tenida en cuenta respecto a la naturaleza de la guerra, como respecto a la naturaleza del clima. En efecto, así como la naturaleza del mal tiempo no radica en uno o dos chubascos, sino en la propensión a llover durante varios días, así́ la naturaleza de la guerra consiste no ya en la lucha actual, sino en la disposición manifiesta a ella durante todo el tiempo en que no hay seguridad de lo contrario. Todo el tiempo restante es de paz.

Son incomodidades de una guerra semejante. Por consiguiente, todo aquello que es consustancial a un tiempo de guerra, durante el cual cada hombre es enemigo de los demás, es natural también en el tiempo en que los hombres viven sin otra seguridad que la que su propia fuerza y su propia invención pueden proporcionarles. En una situación semejante no existe oportunidad para la industria, ya que su fruto es incierto; por consiguiente no hay cultivo de la tierra, ni navegación, ni uso de los artículos que pueden ser importados por mar, ni construcciones confortables, ni instrumentos para mover y remover las cosas que requieren mucha fuerza, ni conocimiento de la faz de la tierra, ni cómputo del tiempo, ni artes, ni letras, ni sociedad; y lo que es peor de todo, existe continuo temor y peligro de muerte violenta; y la vida del hombre es solitaria, pobre, tosca, embrutecida y breve.

A quien no pondere estas cosas puede parecerle extraño que la Naturaleza venga a disociar y haga a los hombres aptos para invadir y destruirse mutuamente; y puede ocurrir que no confiando en esta inferencia basada en las pasiones, desee, acaso, verla confirmada por la experiencia. Haced, pues, que se considere a sí mismo; cuando emprende una jornada, se procura armas y trata de ir bien acompañado; cuando va a dormir cierra las puertas; cuando se halla en su propia casa, echa la llave a sus arcas; y todo esto aun sabiendo que existen leyes y funcionarios públicos armados para vengar todos los daños que le hagan. ¿Qué opinión tiene, así́, de sus conciudadanos, cuando cabalga armado; de sus vecinos, cuando cierra sus puertas; de sus hijos y sirvientes, cuando cierra sus arcas? ¿No significa esto acusar a la humanidad con sus actos, como yo lo hago con mis palabras? Ahora bien, ninguno de nosotros acusa con ello a la naturaleza humana. Los deseos y otras pasiones del hombre no son pecados, en sí mismos; tampoco lo son los actos que de las pasiones proceden hasta que consta que una ley los prohíbe: que los hombres no pueden conocer las leyes antes de que sean hechas, ni puede hacerse una ley hasta que los hombres se pongan de acuerdo con respecto a la persona que debe promulgarla.

Acaso puede pensarse que nunca existió un tiempo o condición en que se diera una guerra semejante, y, en efecto, yo creo que nunca ocurrió generalmente así, en el mundo entero; pero existen varios lugares donde viven ahora de ese modo. Los pueblos salvajes en varias comarcas de América, si se exceptúa el régimen de pequeñas familias cuya concordia depende de la concupiscencia natural, carecen de gobierno en absoluto, y viven actualmente en ese estado bestial a que me he referido. De cualquier modo, que sea, puede percibirse cuál será el género de vida cuando no exista un poder común que temer, pues el régimen de vida de los hombres que antes vivían bajo un gobierno pacifico, suele degenerar en una guerra civil.

Ahora bien, aunque nunca existió un tiempo en que los hombres particulares se hallaran en una situación de guerra de uno contra otro, en todas las épocas, los reyes y personas revestidas con autoridad soberana, celosos de su independencia, se hallan en estado de continua enemistad, en la situación y postura de los gladiadores, con las armas asestadas y los ojos fijos uno en otro. Es decir, con sus fuertes guarniciones y cañones en guardia en las fronteras de sus reinos, con espías entre sus vecinos, todo lo cual implica una actitud de guerra. Pero como a la vez defienden también la industria de sus súbditos, no resulta de esto aquella miseria que acompaña a la libertad de los hombres particulares.

En semejante guerra nada es injusto. En esta guerra de todos contra todos, se da una consecuencia: que nada puede ser injusto. Las nociones de derecho e ilegalidad, justicia e injusticia están fuera de lugar. Donde no hay poder común, la ley no existe; donde no hay ley, no hay justicia. En la guerra, la fuerza y el fraude son las dos virtudes cardinales. Justicia e injusticia no son facultades ni del cuerpo ni del espíritu. Si lo fueran, podrían darse en un hombre que estuviera solo en el mundo, lo mismo que se dan sus sensaciones y pasiones. Son, aquéllas, cualidades que se refieren al hombre en sociedad, no en estado solitario. Es natural también que en dicha condición no existan propiedad ni dominio, ni distinción entre tuyo y mío; sólo pertenece a cada uno lo que pueda tomar, y sólo en tanto que puede conservarlo. Todo ello puede afirmarse de esa miserable condición en que el hombre se encuentra por obra de la simple naturaleza, si bien tiene una cierta posibilidad de superar ese estado, en parte por sus pasiones, en parte por su razón.

Pasiones que inclinan a los hombres a la paz. Las pasiones que inclinan a los hombres a la paz son el temor a la muerte, el deseo de las cosas que son necesarias para una vida confortable, y la esperanza de obtenerlas por medio del trabajo. La razón sugiere adecuadas normas de paz, a las cuales pueden llegar los hombres por mutuo consenso. Estas normas son las que, por otra parte, se llaman leyes de naturaleza

[…]
Leviatán


Actividad 2 en clase:
 Responde las siguientes preguntas con base en el texto:

a)      ¿Por qué dice el Hobbes que los hombres somos iguales entre sí y por qué este hecho nos hace desconfiados?
b)      ¿Por qué el hombre tiene como condición natural una inclinación a la “guerra”?
c)      ¿Cómo se podría evitar la guerra que nos es natural?
d)      ¿Qué sucede en nuestra vida si no hay ley?
e)      ¿Cuál sería la función del Estado dentro de la resolución de conflictos?
f)       ¿Desde la visión del autor, es necesario pensar en el Estado para poder convivir?
g)      ¿Podría pensarse en el anarquismo como forma de organización social en contra de Hobbes?


viernes, 17 de julio de 2020

PERIODO III: SEMANAS 1 Y 2: 14 AL 24 DE JULIO

PERIODO III: SEMANAS 1 Y 2: 14 AL 24 DE JULIO 

TERCER PERIODO. 
Antropología cultural : Historia, teorías y libros en PDF

HILO CONDUCTOR. 
¿Cuál es el papel del hombre en el cosmos?

TÓPICO GENERATIVO. 
“¿CÓMO ES QUE LLEGAMOS A SER LO QUE SOMOS?”
META ESPECÍFICA. 
El estudiante comprenderá las diferentes perspectivas que definen la naturaleza humana.

DESEMPEÑOS. 
1. El estudiante identifica la novedad de la pregunta por el hombre como un problema de urgente abordaje.
2. El estudiante distingue los diferentes problemas que le atañen a la antropología filosófica.
3. El estudiante relaciona las diferentes interpretaciones sobre la muerte que la antropología filosófica puede sugerir

TÓPICOS ESPECÍFICOS. 
       1. Antropología Filosófica: el hombre como problema
2. El origen del hombre: ¿Dios o los monos?
         3. La esencia del hombre: ¿Social, político, racional, religioso, pensante, libre, económico?
              4. La finalidad: ¿Muerte, destino, futuro?


SEMANAS 10: 15 AL 19 DE JUNIO

SEMANAS 10: 15 AL 19 DE JUNIO

LIBRO I

P
uesto que vemos que toda ciudad es una cierta comunidad y que toda comunidad está constituida con miras a algún bien (porque en vista de lo que les parece bueno todos obran en todos sus actos), es evidente que todas tienden a un cierto bien, pero sobre todo tiende al supremo la soberana entre todas y que incluye a todas las demás. Ésta es la llamada ciudad y comunidad cívica.

Por consiguiente, cuantos opinan que es lo mismo ser gobernante de una ciudad, rey, administrador de su casa o amo de sus esclavos, no dicen bien. Creen, pues, que cada uno de ellos difiere en más o en menos, y no específicamente. Como si uno, por gobernar a pocos, fuera amo; si a más, administrador de su casa; y si todavía a más, gobernante o rey, en la idea de que en nada difiere una casa grande de una ciudad pequeña. Y en cuanto al gobernante y al rey, cuando un hombre ejerce solo el poder, es rey; pero cuando, según las normas de la ciencia política, alternativamente manda y obedece, es gobernante.

Pero esto no es verdad. Y será evidente lo que digo si se examina la cuestión según el método que proponemos. Porque como en los demás objetos es necesario dividir lo compuesto hasta sus elementos simples (pues éstos son las partes mínimas del todo), así también, considerando de qué elementos está formada la ciudad, veremos mejor en qué difieren entre sí las cosas dichas, y si cabe obtener algún resultado científico.

Si uno observa desde su origen la evolución de las cosas, también en esta cuestión, como en las demás, podrá obtener la visión más perfecta. En primer lugar, es necesario que se emparejen los que no pueden existir uno sin el otro, como la hembra y el macho con vistas a la generación (y esto no en virtud de una decisión, sino como en los demás animales y plantas; es natural la tendencia a dejar tras sí otro ser semejante a uno mismo), y el que manda por naturaleza y el súbdito, para su seguridad. En efecto, el que es capaz de prever con la mente es un jefe por naturaleza y un señor natural, y el que puede con su cuerpo realizar estas cosas es súbdito y esclavo por naturaleza; por eso al señor y al esclavo interesa lo mismo.

Así pues, por naturaleza está establecida una diferencia entre la hembra y el esclavo (la naturaleza no hace nada con mezquindad, como los forjadores el cuchillo de Delfos, sino cada cosa para un solo fin. Así como cada órgano puede cumplir mejor su función, si sirve no para muchas sino para una sola). Pero entre los bárbaros, la hembra y el esclavo tienen la misma posición, y la causa de ello es que no tienen el elemento gobernante por naturaleza, sino que su comunidad resulta de esclavo y esclava. Por eso dicen los poetas:

Justo es que los helenos manden sobre los bárbaros,

Entendiendo que bárbaro y esclavo son lo mismo por naturaleza.

Así pues, de estas dos comunidades la primera es la casa, y Hesíodo dijo con razón en su poema:

Lo primero casa, mujer y buey de labranza.

Pues el buey hace las veces de criado para los pobres. Por tanto, la comunidad constituida naturalmente para la vida de cada día es la casa, a cuyos miembros Carondas llama «de la misma panera», y Epiménides de Creta «del mismo comedero». Y la primera comunidad formada de varias casas a causa de las necesidades no cotidianas es la aldea.

Precisamente la aldea en su forma natural parece ser una colonia de la casa, y algunos llaman a sus miembros «hermanos de leche», «hijos e hijos de hijos». Por eso también al principio las ciudades estaban gobernadas por reyes, como todavía hoy los bárbaros: resultaron de la unión de personas sometidas a reyes, ya que toda casa está regida por el más anciano, y, por lo tanto, también las colonias a causa de su parentesco. Y eso es lo que dice Homero:

Cada uno es legislador de sus hijos y esposas

pues antiguamente vivían dispersos. Y todos los hombres dicen que por eso los dioses se gobiernan monárquicamente, porque también ellos al principio, y algunos aún ahora, así se gobernaban; de la misma manera que los hombres los representan a su imagen, así también asemejan a la suya la vida de los dioses.

La comunidad perfecta de varias aldeas es la ciudad, que tiene ya, por así decirlo, el nivel más alto de autosuficiencia, que nació a causa de las necesidades de la vida, pero subsiste para el vivir bien. De aquí que toda ciudad es por naturaleza, si también lo son las comunidades primeras. La ciudad es el fin de aquéllas, y la naturaleza es fin. En efecto, lo que cada cosa es, una vez cumplido su desarrollo, decimos que es su naturaleza, así de un hombre, de un caballo o de una casa. Además, aquello por lo que existe algo y su fin es lo mejor, y la autosuficiencia es, a la vez, un fin y lo mejor.

De todo esto es evidente que la ciudad es una de las cosas naturales, y que el hombre es por naturaleza un animal social, y que el insocial por naturaleza y no por azar es o un ser inferior o un ser superior al hombre. Como aquel a quien Homero vitupera:

sin tribu, sin ley, sin hogar,

porque el que es tal por naturaleza es también amante de la guerra, como una pieza aislada en el juego de damas.

La razón por la cual el hombre es un ser social, más que cualquier abeja y que cualquier animal gregario, es evidente: la naturaleza, como decimos, no hace nada en vano, y el hombre es el único animal que tiene palabra. Pues la voz es signo del dolor y del placer, y por eso la poseen también los demás animales, porque su naturaleza llega hasta tener sensación de dolor y de placer e indicársela unos a otros. Pero la palabra es para manifestar lo conveniente y lo perjudicial, así como lo justo y lo injusto. Y esto es lo propio del hombre frente a los demás animales: poseer, él sólo, el sentido del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto, y de los demás valores, y la participación comunitaria de estas cosas constituye la casa y la ciudad.

Por naturaleza, pues, la ciudad es anterior a la casa y a cada uno de nosotros, porque el todo es necesariamente anterior a la parte. En efecto, destruido el todo, ya no habrá ni pie ni mano, a no ser con nombre equívoco, como se puede decir una mano de piedra: pues tal será una mano muerta.

Todas las cosas se definen por su función y por sus facultades, de suerte que cuando éstas ya no son tales no se puede decir que las cosas son las mismas, sino del mismo nombre. Así pues, es evidente que la ciudad es por naturaleza y es anterior al individuo; porque si cada uno por separado no se basta a sí mismo, se encontrará de manera semejante a las demás partes en relación con el todo. Y el que no puede vivir en comunidad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es miembro de la ciudad, sino una bestia o un dios.

En todos existe por naturaleza la tendencia hacia tal comunidad, pero el primero que la estableció fue causante de los mayores beneficios. Pues así como el hombre perfecto es el mejor de los animales, así también, apartado de la ley y de la justicia, es el peor de todos.

La injusticia más insoportable es la que posee armas, y el hombre está naturalmente provisto de armas al servicio de la sensatez y de la virtud, pero puede utilizarlas para las cosas más opuestas. Por eso, sin virtud, es el ser más impío y feroz y el peor en su lascivia y voracidad. La justicia, en cambio, es un valor cívico, pues la justicia es el orden de la comunidad civil, y la virtud de la justicia es el discernimiento de lo justo.
Aristóteles, Política. 

Actividad 1 de trabajo en equipo (parejas):


1. Respondan las siguientes preguntas con base en el texto:

a)      ¿Qué diferencia hay entre un gobernante y un rey?
b)      ¿Existe alguna diferencia entre el esclavo y la mujer?
c)      ¿Cómo surgen las ciudades?
d)      ¿Por qué el hombre es un ser social por naturaleza?
e)      ¿Por qué para la ciudad es la mejor forma de organización social? ¿Cuáles son inferiores?
f)       ¿Para Aristóteles existen “jefes” y “esclavos” por naturaleza?

2. Ahora aporten su opinión sobre el tema:

a)      ¿Realmente la política y la comunidad buscan el “bien superior”?
b)      ¿Cómo la ciudad puede garantizar el bienestar de los ciudadanos?, ¿sucede eso en nuestra ciudad?
c)      ¿Tiene sentido hablar de “ciudad” o “comunidad cívica” en nuestro contexto colombiano?, ¿cuáles serían sus variaciones con respecto a las ciudades griegas de Aristóteles?
d)      ¿Qué cambios tiene la noción de política griega con la forma en que hoy la entendemos actualmente?